1 Ganivet: madre-tierra. …todos sabéis que el trabajo más inútil es el mejor pagado, y que lo último que se puede ser en este pobre país es trabajador del campo. Pero lo que vosotros no debéis olvidar es que el Evangelio dice que los últimos serán los primeros; y yo os voy a decir, para que lo sepáis, que vosotros sois los primeros en la vida del país, no porque seáis los más útiles, que esto os podría traer sin cuidado, sino porque sois los más felices, los más humanos y los más grandes.No hay edad más dichosa que aquella en que el niño está mamando, en que para él no existe más gloria que estar colgado del pecho de su madre; y no hay condición más feliz que la del hombre que vive apegado a la tierra, madre de todos, recibiendo de ella la vida en pago de sus esfuerzos. El niño, por su desgracia, no puede ser siempre niño; pronto empiezan a salirle los dientes, y con ellos comienzan los sufrimientos, y después de las enfermedades viene algo peor, los desengaños; luego, la vejez y la muerte irremediable. El campesino puede vivir eternamente en la venturosa infancia; no estará libre de sufrimientos, ni de envejecer y morir; pero mientras vive no pierde el calor de su madre, y cuando muere deja hijos que viven como él vivió. Los que habitan en las ciudades se puede decir que habitan en el aire, y en un aire malsano; viven dando vaivenes, sin nada rme a que agarrarse, y mueren con la tristeza de dejar tras de sí una generación que empieza por donde ella acaba, y que ha de sufrir mucho más que ella ha sufrido. Hay hombres grandes que llegan a conocer con su espíritu el espíritu que llena todo el Universo, y que no necesitan vivir ligados a la tierra porque han hallado otra tierra espiritual, una nueva madre que les dé abrigo y protección; pero estos hombres son contados en el mundo; los más, abandonan la tierra sin tener nada a qué ligarse, y viven en las ciudades como pájaros presos en la jaula. Cuando llega un desengaño, la falsedad del amigo, la traición de la mujer, la injusticia del mundo, ese hombre sin ventura se halla entre las cuatro paredes de un triste cuarto, y si echa a andar por las calles de la ciudad, quizá no halle, entre centenares de miles de hombres, uno sólo a quien conar sus penas.Así se oye hablar todos los días de infelices que se matan o que pretenden tomar venganza de sus miserias promoviendo revoluciones o cometiendo atentados espantosos con instrumentos inventados expresamente para destruir la sociedad.Vosotros no estáis libres de calamidades; pero si alguna cae sobre vosotros, tenéis siempre abiertos los horizontes, y por poco que reexionéis, al espaciar la vista por estas campiñas tan hermosas y hacia estas gigantescas montañas, todos los males y todas las injusticias os parecerán pequeños comparados con esta grandeza.Aun para el hombre más desgraciado, para el que ha perdido el amor y la fe, hay siempre una religión indestructible: la de la tierra. ¿Y quién sabe si esa felicidad que se espera ha de venir de los cielos a la tierra no irá más seguramente de la tierra a los cielos?Porque de la tierra no salen sólo minerales ni brotan sólo plantas; salen ideas y brotan sentimientos que si vosotros supierais recogerlos como recogéis las cosechas, os enseñarían más que todos los libros de los hombres.Ojalá que esta tierra que, girando sin cesar, nos va descubriendo las estrellas innumerables del firmamento, nos lleve algún día a otros puntos del espacio, donde brillen estrellas nuevas y nos iluminen ideas más humanas; pero mientras tanto, así como rezáis, si lo rezáis, el Padrenuestro para pedir el pan de cada día, debéis rezar una nueva oración: la Madre nuestra, para rogar a la tierra que recompense con los frutos de su seno inagotable el esfuerzo de los que en ella trabajan.
2 Unamuno: madre-cielo. (...)Y para compensarlo hacía falta la Madre, la Madre que perdona siempre, la Madre que abre siempre los brazos al hijo cuando huye éste de la mano levantada o del ceño fruncido del irritado Padre, la Madre en cuyo regazo se busca como consuelo una oscura remembranza de aquella tibia paz de la inocencia que dentro de él fue el alba que precedió a nuestro nacimiento, y un dejo de aquella dulce leche que embalsamó nuestros sueños de inocencia; la Madre, que no conoce más justicia que el perdón, ni más ley que el amor. Las lágrimas maternales borran las tablas del Decálogo. Nuestra pobre e imperfecta concepción de un Dios varón, de un Dios con largas barbas y voz de trueno, de un Dios que impone preceptos y pronuncia sentencias, de un Dios Amo de Casa, Pater familias a la romana, necesitaba compensarse y completarse, y como en el fondo no podemos concebir al Dios personal y vivo, no ya por encima de rasgos humanos, mas ni aun por encima de rasgos varoniles, menos un Dios neutro y hermafrodita, acudimos a darle un Dios femenino, y junto al Dios Padre hemos puesto a la Diosa Madre, a la que perdona siempre porque, como mira con amor ciego, ve siempre el fondo de la culpa, y en ese fondo, la justicia única del perdón; a la que siempre consuela, a la Madre Dulcísima, a la Madre de Dios, a la Virgen Madre. Es la Virgen Madre, es la Madre Purísima, la que no es sino Madre, y siendo todo lo que hace ser mujer a la mujer, queda limpia de todo el barro humano para que en ella aliente e irradie tan sólo el soplo divino.