Las casas, de trabazón de madera, con sus aleros voladizos, sus salientes y entrantes, las líneas y contornos que a cada paso rompen el perfil de la calleja, dan la sensación de algo orgánico y no mecánico, de algo que se ha hecho por sí, no que lo haya hecho el hombre. La calleja se retuerce y no se ve de un extremo a otro. No es un canal de curso recto: es más bien como el cauce de un río que fuera culebreando. Y se siente la intimidad de la sombra. De una casa pueden cuchichear con los de la casa de enfrente. Diríase una sola vivienda.