Y flota en el aire y se ve en todos los detalles algo como un profundo abandono, como una honda laxitud, como una irremediable desesperanza. “Es extraño”, pienso yo, y me siento un momento junto a la mesa, ya un poco triste, ya embargado por esa melancolía indefinible que nos hace presentir las grandes catástrofes. (…) —¿Quién está aquí? Y nadie sale. Yo ya conozco estas casas extrañas, que parecen abandonadas, en que vive uno de estos misántropos de pueblo; estas casas con los muebles rotos, viejos, con las salas cerradas y polvorientas, con la cocina apagada siempre, con el pequeño huerto lleno de plantas silvestres; estas casas en que no hay nadie jamás, y en que de tarde en tarde se oye el chirrido de una puerta y se ve la silueta negra, sigilosa, de su único morador, que pasa.