Los molinitos de Criptana andan y andan. -¡Sacramento! ¡Tránsito! ¡María Jesús! Yo llamo dando grandes voces a Sacramento, a Tránsito y a María Jesús. Hasta hace un momento he estado leyendo en el Quijote; ahora la vela que está en la palmatoria se acaba, me deja en las tinieblas. Y yo quiero escribir unas cuartillas. -¡Sacramento! ¡Tránsito! ¡María Jesús!
¿Dónde estarán estas muchachas? He llegado a Criptana hace dos horas; a lo lejos, desde la ventanilla del tren, yo miraba la ciudad blanca, enorme, asentada en una ladera, iluminada por los resplandores rojos, sangrientos, del crepúsculo. Los molinos, en lo alto de la colina, movían lentamente sus aspas; la llanura bermeja, monótona, rasa, se extendía abajo.