Allí, en el umbral de la puerta, está la vieja. Se sienta al caer de la tarde, cuando el sol ya no quema, y se queda mirando el horizonte, quieta, inmóvil. Sus manos reposan sobre el regazo, arrugadas y temblorosas, mientras los años han ido doblando su espalda poco a poco. Mira pasar a la gente, las sombras que cruzan, y en su rostro hay una calma serena, una resignación que sólo dan los años vividos.